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Suele ocurrir que la distancia entre las expectativas generadas y la realidad de los hechos medie a veces casi la eternidad, pero sobre todo este axioma se hace patente cuando vamos a iniciar las merecidas vacaciones y durante el proceso discursivo para encontrar el destino ideal y claro está, el hotel o apartamento en el que nos vamos a alojar. Así que más allá de todas las experiencias más ó menos altisonantes con las que no contábamos en nuestra isla idealizada ocurren situaciones de calado más ó menos chocante,  sobre las que seguramente acabaremos por hablarles a nuestros allegados.

Habitaciones irrisorias que no se adaptan al tamaño razonablemente contratado cuando se trata de alojarnos en un establecimiento tipo resort, algo que es una contradicción in terminis, más acusada de lo que debería en la mercadotecnia, en donde el folleto de factura impecablemente ilustrado nos dibuja toda una suerte de argumentos en donde la paz, comodidad, servicio y amplitud de sus instalaciones se nos presenta con una preclara diferenciación.

En otros casos, si por ejemplo deberíamos dar por hecho que el wifi está incluido en la mayoría de los establecimientos que se precien de dar un servicio meridianamente aconsejable, no bien es cierto encontrar alojamientos donde se precian a cobrar por la conexión a la red de redes. Mal negocio este, puesto que el coste para ellos no supera los 30 euros al mes, pero sobre todo cuando todo hijo de vecino va hoy en día provisto de todos los utensilios destinados a no perder contacto telemático con sus redes sociales. Aunque el súmmun es que el servicio además se caracterice por el enemigo numero uno de internet, la lentitud, ó que para compensar aquello te ofrezcan una conexión chapeau, a precio que alguno les daría la risa, por no llorar.

En nuestro periplo de tropelías, los interruptores de las habitaciones, aquello que podría convertirse en una arma arrojadiza, aunque nos dejemos llevar por nuestra buena cabeza,  se nos presentan a distancia kilométrica para acceder a ellos cuando estamos tumbados en la cama a punto de dormir el sueño de los justos.

Y como el descanso es fundamental allá donde vayamos, ya sea en la esperada época estival, atiborrada de una espesa torre de babel que llega en tropel hasta nuestras costas, o bien en una escapada de fin de semana ó en un viaje de trabajo, la calidad de los colchones y que estos no hayan sido sustituidos por encima de una explotación nada aconsejable, suele marcar la diferencia emocional entre las buenas sensaciones ó el estrés generado por no haber pegado ojo. De esta manera el desgaste condiciona una merma en la confortabilidad que se hace patente en la perdida de densidad de los colchones y a la par en las almohadas.

Pero lo que es sin duda el paradigma de los disgustos, a lo que sin embargo nos hemos acostumbrados, tiene relación con el baño. Quien no ha tenido problemas con la manguera de la ducha y se ha peleado con aquella cantidad de agua imposible de graduar para que esta saliera a la temperatura solicitada y/o que al salir lo hiciera de manera risible o que en casos extremos, ni siquiera saliera. Y que me dicen del secador, sobre todo, cuando nos lo hemos dejado inconscientemente olvidado, confiando que tendríamos a nuestra disposición un aparato en condiciones para que el secado de nuestra melena o cuero cabelludo no tuviéramos que improvisarlo en la terraza acristalada ó mientras paseábamos en un día más ó menos aireado.

Para finalizar el territorio de desmanes por los que nadie está exento de transitar, nos pondremos un poco estupendos y haremos mención a los amantes del cuba libre y otras bebidas más ó menos sofisticadas a preparar en la intimidad de nuestro aposento cuando se nos ofrece la posibilidad de hacerlo mediante el tradicional minibar que al parecer, todos los diseñadores se han puesto de acuerdo por razones de espacio, debe de situarse a ras del suelo, con la falta de confort que para algunos supone el ceremonial de darse un homenaje.

Y como las injusticias van siempre reñidas con las vacaciones, para algunos el aforismo de siempre nos quedará París, compensara aquellas situaciones que engrosarán, aún a nuestra sorpresa, el numero indeterminado de experiencias vividas.